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El Perú que todos queremos
Escrito por Bloggers FIIS en artículo, perú el mayo 14th, 2011
Desde el inicio de nuestra vida como nación independiente hemos tenido el sueño de alcanzar la prosperidad. Después de casi doscientos años de probar distintas recetas, la realidad nos indica que esta búsqueda ha sido infructuosa.
La prosperidad es un concepto inclusivo. Implica la existencia no solo de buenas condiciones económicas, sino también de buenas condiciones sociales. Todos en el país estamos de acuerdo en lograr la prosperidad, ¿pero cómo alcanzarla? Ahí aparecen las grandes diferencias.
En la última década hemos crecido más que en cualquier otra y hemos estado entre las diez economías de mayor crecimiento del mundo. Eso es alentador. Pero si vemos los últimos sesenta años el panorama es desolador. Si tomamos como indicador el total de la producción nacional dividido entre todos los habitantes, el nivel de 1975 recién se recuperó en el 2005. Es decir ¡perdimos treinta años! ¿La razón? Malas políticas económicas implementadas en el gobierno militar de Velasco.
Pero hay otras economías que no perdieron el tiempo. En 1950 el Perú era tres veces más grande que Corea, pero ahora Corea es cuatro veces más grande que nosotros. Si desde 1970 hubiésemos crecido a la misma tasa que tuvimos en la última década, hoy seríamos una economía similar a la coreana.
¿Cuáles fueron los principios de política adoptados por los países que salieron de la pobreza como Corea? Hay dos principios fundamentales.
Primero, el largo plazo. Estas economías tenían una visión de futuro. Entendían que todo es un proceso y fueron consistentes a lo largo del tiempo, desarrollándose en base a sus fortalezas. Es importante entender que en el proceso de desarrollo hay ciertas etapas y relaciones entre las variables económicas y eso no se puede alterar por decreto.
Segundo, pragmatismo. Las decisiones de políticas no se basaban en temas ideológicos. Se buscaba que las cosas funcionaran. ¿Cuál es la discusión principal en esta segunda vuelta? Si cambiamos o no la Constitución. El crecimiento promedio real del Perú bajo la Constitución del 79 fue 0,5% y bajo la Constitución del 93 fue 5,4%. ¿Vale la pena discutir el cambio?
Hay que recordar que las personas interactúan para lograr ciertos resultados y que cada una de estas personas tiene ciertos incentivos. Por tanto, las políticas públicas deben resolver problemas y lograr resultados, tomando en cuenta que las personas cambian su comportamiento en función de las mismas políticas. Aquí no hay campo para la ideología. En base a estos principios, ¿qué se puede contrastar de los planes de gobierno?
CONFUSIÓN ENTRE POLÍTICA ECONÓMICA Y POLÍTICA SOCIAL
A raíz del resultado electoral los dos candidatos afirman que el modelo actual no sirve y que hay que cambiarlo. La conclusión es equivocada y corremos el riesgo de confundir los instrumentos de política.
La política económica debe servir para que un país crezca y la política social tiene que servir para igualar las oportunidades de todos y generar una protección social adecuada a los más necesitados. Cuando usamos la política económica con fines sociales, entonces se termina afectando el crecimiento y el grupo que pretendíamos ayudar termina más perjudicado.
Pensión 65 es un clarísimo ejemplo de cómo se confunde política económica con política social. En un país con la informalidad laboral y una cobertura de pensiones que no llega al 20%, Pensión 65 representa el colapso de todo el sistema nacional de pensiones. Más allá del costo hoy en día, el incentivo de la gente a no ahorrar con fines previsionales llevará a una bola de nieve que en algún momento terminará generando enormes forados fiscales y, por tanto, inflación. Adicionalmente, si se regresa a un sistema público se dará un trasvase de recursos del ahorro privado al gasto público cuyo resultado será menor crecimiento.
ESTABILIDAD MACROECONÓMICA
Erróneamente, también se da por sentado que la estabilidad macroeconómica está garantizada. Por un lado, se plantea, además de Pensión 65, contrataciones, aumentos salariales, subsidios, programas sociales, gasto en infraestructura, entre otros. ¿De dónde saldrá este financiamiento? La respuesta llega fácil: se cobrarán mayores impuestos, entre ellos el de las sobreganancias mineras. ¿Es razonable proponer financiar gastos permanentes con impuestos temporales?
Más aun, en el plan del candidato Humala se incluye una serie de medidas que destruyen el incentivo para la inversión privada, con lo cual la ruta a la inflación y al colapso se acelera. Nacionalizaciones, más empresas públicas, una gran cantidad de aumentos de impuestos (aumento del Impuesto Predial, impuesto a la herencia, aumento de la tasa impositiva de los dividendos), cambios en las reglas de juego, eliminación de la depreciación acelerada, entre otras medidas, lo único que harán será ahuyentar la inversión, alentar las prácticas especulativas y promover la fuga del capital. Aquí, vale la pena darle una mirada a Venezuela. En el 2010 el crecimiento estimado de Venezuela fue de –1,9%, mientras que la inflación fue de 27,2%. Por otro lado, nosotros crecimos 8,8% y la inflación fue de 1,5%.
CONTROLES DE PRECIOS
Otro tema que sienta muy bien en la campaña es el referido al control de precios. De la irresponsable oferta implícita de controlar precios de los alimentos del candidato Toledo en la primera vuelta, pasamos ahora a una oferta explícita de colocar el precio del balón de gas en S/.12. ¿Cuánto cuesta este subsidio? ¿Qué pasará con el contrabando y la especulación?
No hay nada más irresponsable que controlar precios. Destruye los mecanismos de información que llevan a mejorar la competencia en un mercado, genera importantes forados fiscales por los subsidios que se necesitan implementar y, lo peor, produce el desabastecimiento del producto controlado. ¿Se han dado una vuelta por los supermercados argentinos?
MERCADO INTERNO
El plan de gobierno del candidato Humala tiene como objetivo desarrollar el mercado interno. Eso es bueno. Lo malo son los instrumentos que se escogen: cerrar la economía con barreras arancelarias o paraarancelarias. Garantizar un mercado interno para nuestros productos es una historia conocida con resultados nefastos. Afecta a millones de consumidores y generan un sesgo antiexportador.
El crecimiento del mercado interno es el resultado de la consolidación de una clase media, que añade dinamismo al crecimiento y lo propaga a todos los sectores de la economía. El problema es cómo se logra esta consolidación de la clase media. Aumentos salariales excesivos que se otorgan por decreto o por la fuerza de un sindicato y que no van a la par con la productividad o con la existencia de amplio subempleo no generan clase media. Genera un grupo privilegiado. La inversión se frena y el empleo deja de crecer. Las políticas populistas destruyen las clases medias. ¿Recuerdan cómo quedó la clase media peruana con las políticas de Velasco?
REGULACIÓN Y COMPETENCIA
Un tema positivo del programa del candidato Humala es el fortalecimiento de la capacidad de regulación del Estado. No hay nada que dañe más al crecimiento de largo plazo que la existencia de monopolios o la baja competencia en un mercado, no solo porque los consumidores se ven obligados a pagar en exceso por un bien o servicio, sino porque se destruyen los incentivos a innovar e invertir.
Empresas que se coluden para evitar la competencia deben ser seriamente castigadas y multadas. Pero el utilizar los mecanismos de regulación para espantar a inversionistas extranjeros o para crear barreras artificiales de ingreso a los mercados nos lleva de nuevo a la falta de competencia en los mercados. La regulación es como la medicina: es buena en la dosis adecuada. En dosis excesiva nos puede matar.
INFORMALIDAD Y EMPLEO
Interesante la propuesta de la candidata Fujimori en cuanto a formalización y empoderamiento de los pobres. Está en línea con los temas de simplificación administrativa que se deben profundizar. Adicionalmente, propone programas de compras estatales a las mypes formalizadas y programas de acceso a crédito con subsidios transparentes que mitigan las fallas de mercado. Son buenos instrumentos para avanzar en la formalización.
Preocupa, sin embargo, esta competencia por subir el sueldo mínimo. La informalidad es el resultado de tener baja productividad, sueldo mínimo y altos sobrecostos laborales. ¿Los candidatos saben que hay más de 2,5 millones de microempresas que tienen más de 7,5 millones de trabajadores de los cuales el 70% son no asalariados?
DEMOCRACIA Y CIUDADANÍA
La democracia en sí misma no garantiza el crecimiento, pero es la mejor forma de gobierno para asegurar el bienestar común y la lucha contra la corrupción. Los populismos modernos corrompen a la democracia y hay que estar vigilantes. Como ciudadanos tendremos que escoger por la alternativa que consideremos que respetará los principios democráticos y nos llevará por la ruta de la prosperidad.
La prosperidad demanda un compromiso individual. Para evitar que nuestro país siga por doscientos años más dando tumbos entre la mediocridad y la desigualdad, todos debemos entender que el Perú no es de un puñado de empresarios rentistas o de un grupo de antimineros. Es el país que tenemos que construir con políticas económicas de largo plazo, acortando las brechas e igualando las oportunidades. Solo así podremos alcanzar el Perú que todos queremos.
Tomado de El Comercio
Universidad, política, indiferencia y Fujimori
Escrito por Boris Teodoro Tucto Bello en artículo el marzo 10th, 2009

He recibido un correo electrónico de la lista de Yahoo ErnestoCastilloPaez — en específico de astrolabi0@yahoo.com — que creo que refleja muy bien el trauma de algunos compañeros que se rehusan a participar, aun hoy en día, en la política (tanto universitaria como nacional), la política entendida como un servicio al prójimo, y no como una actividad para obtener beneficios personales (politiquería):
¡Fujimori culpable!
Me tomo un tiempo para recordar algunas cosas ocurridas en los años noventa.
Cuando yo recién había terminado el colegio y empezaba a asistir a la universidad, en el clima de convulsión social y la creciente sensación del estallido inminente, fui testigo de algunas cosas que merecen ser retenidas en la memoria. A fines del 89, un día la imagen de la cabeza decapitada de un estudiante de la Universidad Católica apareció en el periódico. Estaba desayunando y mis padres y mis hermanos nos detuvimos a comentar la noticia del pobre muchacho, asesinado por un escuadrón de la muerte, que aparecía en la foto y que era uno de seis chicos aniquilados de la forma más cobarde y cruel. La vergüenza que sentí en ese momento de pertenecer a la raza humana fue humillante.
Luego, conocí en la universidad a un chico al que llamaban el Comanche. Buen pata parecía, aunque nunca lo llegue a conocer bien. De pronto su desaparición fue noticia. Comentaba con mis hermanos y amigos como estas cosas estaban pasando frente a nuestros ojos. La policía, el ejercito y los paramilitares estaban matando estudiantes todos los días, preferentemente militantes de izquierda. Era tan común que escuche a compañeros de aula decir que Ernesto (así se llamaba el Comanche) era comunista y que “él se lo había buscado”. Como si pensar de una forma u otra fuera la justificación perfecta para ser torturado, asesinado y desaparecido; como si el sufrimiento de sus allegados tuviera alguna justificación. Recuerdo que escribí un artículo y lo pegue en el mural de mi facultad y un compañero del PUM me recomendó que retire mi firma. Había tanto miedo en el aire.
Sentado frente al televisor vi como una compañera de facultad salia en el noticiero, aturdida cargando una frazada mientras era trasladada a Seguridad del Estado mientras la locutora del noticiero afirmaba que era una terrorista capturada junto con otros terroristas.
Mi familia tuvo que emigrar a consecuencia del endurecimiento del régimen de Fujimori. Nos instalamos en Asunción del Paraguay, donde recién se estaba instalando un régimen democrático. Ahí me encontré con una amiga que no veía hace mucho tiempo, lo curioso es que también había olvidado como la deje de ver. Su novio había sido asesinado junto al muchacho de la cabeza que vi junto a mi familia aquel día, desayunando en mi casa. Yo no lo recordaba, ella fue arrestada y sometida a tratos que no merece nadie y que solo pueden producir repulsión, por suerte para ella pudo salir del país, si no muy probablemente estaría muerta.
Volví a Lima en 1993, contra el deseo de mis padres, pero con su aprobación y respeto. Volví a la universidad para ver como ya no se hablaba de política. Me incorpore en una generación que reaccionaba en contra de cualquier atisbo de organización. Toda una generación censurada en la parte más intima de su ser. Mutilados y violados de conciencia. La impresión no fue buena. Se descubrían los crímenes de la cantuta y algo se movía dentro de la gente, tal vez vergüenza no sé bien, era muy difícil que alguien diga esta boca es mía: el miedo seguía.
Por esos días se movilizaron unos cuantos estudiantes contra el gobierno y por los derechos humanos, fue refrescante, sentí de pronto que no había caído la maldición de los muertos vivientes sobre nuestras cabezas y que tal vez solo fue parte de un estado de catatonia colectiva que empezaba a terminar.
Los días y los meses pasaban y confirmábamos poco a poco que algo estaba cambiando en la consciencia de las personas. El primer indicio fue que ya no me sentía solo, que había otros y otras como yo que tenían el mismo descorazonamiento y la misma esperanza a la vez.
En esa época publicar un periódico mural sobre política, denunciando a la dictadura era visto por muchos como un crimen. Tal es así que, en mi facultad, un par de veces nos pidieron explicaciones sobre lo que estábamos haciendo: explicaciones porque nuestras autoridades no estaban seguros de si era legal expresar las ideas. Igual lo hicimos y siento orgullo cada vez que lo recuerdo.
Con el tiempo los jóvenes se fueron organizando al rededor de ideas comunes. Hubo movilizaciones masivas en las calles, la consciencia de las personas despertaba poco a poco. El debate sobre la validez de nuestros actos cada vez pasaba a estar más de nuestro lado, era una gesta muy hermosa.
Recuerdo que un día me inquietó recibir amenazas por teléfono. Estas se hicieron cotidianas, amenazas e insultos. La más enfermante que recuerdo fue la voz de un niño que me insultaba y me decía que me matarían pronto, mientras era insultado y amenazado por un adulto. Siempre he querido creer que esa llamada fue producida como un programa de radio, que el niño era un actor y que no estaba soportando la tortura psicológica de ningún criminal. Esto ocurrió desde 1997 y no acabo hasta que cayó la dictadura. Recibía llamadas por mi cumpleaños, por navidad, por año nuevo o por cualquier día, todas anunciándome mi próximo asesinato. No fui el único en recibir las amenazas, muchos dirigentes del movimiento estudiantil de esos años las recibían. El gobierno gastaba el dinero de los peruanos en desmovilizar, con métodos ilegales, a los estudiantes. En otras palabras: nuestros impuestos se utilizaban en la ejecución sistemática de delitos.
Nos arrestaron, nos amenazaron, nos persiguieron, en las marchas nos golpearon y resistimos.
Todo esto pasaba mientras Fujimori comandaba las fuerzas armadas, negaba los crímenes de su gobierno y asesinaba pueblos enteros. Es lo que yo vi y viví, no lo que me contaron o leí en el periódico. Fujimori es un delincuente y tal vez el horror y la pena que a veces me embarga recordando estas cosas se alivie si es condenado, no por venganza si no por justicia.
Félix Álvarez Torres
Espero que reflexionemos y nos soprepongamos a los miedos, que son justamente éstos los que fortalecen a los regímenes injustos y opresores de sus pueblos. La universidad, el país y el mundo necesitan de nosotros los jovenes que tenemos la fortuna de realizar estudios superiores.



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