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Universidad, política, indiferencia y Fujimori

He recibido un correo elec­trónico de la lista de Yahoo Ernesto­Castil­loPaez — en especí­fico de astrolabi0@yahoo.com — que creo que refleja muy bien el trauma de algunos com­pañeros que se rehu­san a par­tic­i­par, aun hoy en día, en la política (tanto uni­ver­si­taria como nacional), la política enten­dida como un ser­vi­cio al prójimo, y no como una activi­dad para obtener ben­efi­cios per­son­ales (politiquería):

¡Fuji­mori culpable!

Me tomo un tiempo para recor­dar algu­nas cosas ocur­ri­das en los años noventa.

Cuando yo recién había ter­mi­nado el cole­gio y empez­aba a asi­s­tir a la uni­ver­si­dad, en el clima de con­vul­sión social y la cre­ciente sen­sación del estal­lido inmi­nente, fui tes­tigo de algu­nas cosas que mere­cen ser retenidas en la memo­ria. A fines del 89, un día la ima­gen de la cabeza decap­i­tada de un estu­di­ante de la Uni­ver­si­dad Católica apare­ció en el per­iódico. Estaba desayu­nando y mis padres y mis her­manos nos detu­vi­mos a comen­tar la noti­cia del pobre mucha­cho, asesinado por un escuadrón de la muerte, que aparecía en la foto y que era uno de seis chicos aniquila­dos de la forma más cobarde y cruel. La vergüenza que sentí en ese momento de pertenecer a la raza humana fue humillante.

Luego, conocí en la uni­ver­si­dad a un chico al que llam­a­ban el Comanche. Buen pata parecía, aunque nunca lo llegue a cono­cer bien. De pronto su desapari­ción fue noti­cia. Comentaba con mis her­manos y ami­gos como estas cosas esta­ban pasando frente a nue­stros ojos. La policía, el ejercito y los para­mil­itares esta­ban matando estu­di­antes todos los días, pref­er­ente­mente mil­i­tantes de izquierda. Era tan común que escuche a com­pañeros de aula decir que Ernesto (así se llam­aba el Comanche) era comu­nista y que “él se lo había bus­cado”. Como si pen­sar de una forma u otra fuera la jus­ti­fi­cación per­fecta para ser tor­tu­rado, asesinado y desa­pare­cido; como si el sufrim­iento de sus alle­ga­dos tuviera alguna jus­ti­fi­cación. Recuerdo que escribí un artículo y lo pegue en el mural de mi fac­ul­tad y un com­pañero del PUM me recomendó que retire mi firma. Había tanto miedo en el aire.

Sen­tado frente al tele­vi­sor vi como una com­pañera de fac­ul­tad salia en el noticiero, atur­dida car­gando una frazada mien­tras era trasladada a Seguri­dad del Estado mien­tras la locu­tora del noticiero afirmaba que era una ter­ror­ista cap­turada junto con otros terroristas.

Mi familia tuvo que emi­grar a con­se­cuen­cia del endurec­imiento del rég­i­men de Fuji­mori. Nos insta­lamos en Asun­ción del Paraguay, donde recién se estaba insta­lando un rég­i­men democrático. Ahí me encon­tré con una amiga que no veía hace mucho tiempo, lo curioso es que tam­bién había olvi­dado como la deje de ver. Su novio había sido asesinado junto al mucha­cho de la cabeza que vi junto a mi familia aquel día, desayu­nando en mi casa. Yo no lo record­aba, ella fue arrestada y sometida a tratos que no merece nadie y que solo pueden pro­ducir repul­sión, por suerte para ella pudo salir del país, si no muy prob­a­ble­mente estaría muerta.

Volví a Lima en 1993, con­tra el deseo de mis padres, pero con su aprobación y respeto. Volví a la uni­ver­si­dad para ver como ya no se hablaba de política. Me incor­pore en una gen­eración que reac­cionaba en con­tra de cualquier atisbo de orga­ni­zación. Toda una gen­eración cen­surada en la parte más intima de su ser. Muti­la­dos y vio­la­dos de con­cien­cia. La impre­sión no fue buena. Se des­cubrían los crímenes de la can­tuta y algo se movía den­tro de la gente, tal vez vergüenza no sé bien, era muy difí­cil que alguien diga esta boca es mía: el miedo seguía.

Por esos días se mov­i­lizaron unos cuan­tos estu­di­antes con­tra el gob­ierno y por los dere­chos humanos, fue refres­cante, sentí de pronto que no había caído la maldición de los muer­tos vivientes sobre nues­tras cabezas y que tal vez solo fue parte de un estado de cata­to­nia colec­tiva que empez­aba a terminar.

Los días y los meses pasa­ban y con­fir­mábamos poco a poco que algo estaba cam­biando en la con­scien­cia de las per­sonas. El primer indi­cio fue que ya no me sen­tía solo, que había otros y otras como yo que tenían el mismo desco­ra­zon­amiento y la misma esper­anza a la vez.

En esa época pub­licar un per­iódico mural sobre política, denun­ciando a la dic­tadura era visto por muchos como un crimen. Tal es así que, en mi fac­ul­tad, un par de veces nos pidieron expli­ca­ciones sobre lo que estábamos haciendo: expli­ca­ciones porque nues­tras autori­dades no esta­ban seguros de si era legal expre­sar las ideas. Igual lo hici­mos y siento orgullo cada vez que lo recuerdo.

Con el tiempo los jóvenes se fueron orga­ni­zando al rede­dor de ideas comunes. Hubo mov­i­liza­ciones masi­vas en las calles, la con­scien­cia de las per­sonas des­pertaba poco a poco. El debate sobre la validez de nue­stros actos cada vez pasaba a estar más de nue­stro lado, era una gesta muy hermosa.

Recuerdo que un día me inqui­etó recibir ame­nazas por telé­fono. Estas se hicieron cotid­i­anas, ame­nazas e insul­tos. La más enfer­mante que recuerdo fue la voz de un niño que me insultaba y me decía que me matarían pronto, mien­tras era insul­tado y ame­nazado por un adulto. Siem­pre he querido creer que esa lla­mada fue pro­ducida como un pro­grama de radio, que el niño era un actor y que no estaba sopor­tando la tor­tura psi­cológ­ica de ningún crim­i­nal. Esto ocur­rió desde 1997 y no acabo hasta que cayó la dic­tadura. Recibía lla­madas por mi cumpleaños, por navi­dad, por año nuevo o por cualquier día, todas anun­cián­dome mi próx­imo asesinato. No fui el único en recibir las ame­nazas, muchos diri­gentes del movimiento estu­di­antil de esos años las recibían. El gob­ierno gastaba el dinero de los peru­anos en desmov­i­lizar, con méto­dos ile­gales, a los estu­di­antes. En otras pal­abras: nue­stros impuestos se uti­liz­a­ban en la eje­cu­ción sis­temática de delitos.

Nos arrestaron, nos ame­nazaron, nos per­sigu­ieron, en las mar­chas nos gol­pearon y resistimos.

Todo esto pasaba mien­tras Fuji­mori comand­aba las fuerzas armadas, negaba los crímenes de su gob­ierno y asesin­aba pueb­los enteros. Es lo que yo vi y viví, no lo que me con­taron o leí en el per­iódico. Fuji­mori es un delin­cuente y tal vez el hor­ror y la pena que a veces me embarga recor­dando estas cosas se alivie si es con­de­nado, no por ven­ganza si no por justicia.

Félix Álvarez Torres

Espero que reflex­ionemos y nos sopre­pong­amos a los miedos, que son jus­ta­mente éstos los que for­t­ale­cen a los regímenes injus­tos y opre­sores de sus pueb­los. La uni­ver­si­dad, el país y el mundo nece­si­tan de nosotros los jovenes que ten­emos la for­tuna de realizar estu­dios superiores.


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