Física en la TV


Clau­dio Sánchez (Página/12)

Las alu­siones a cues­tiones cien­tí­fi­cas en Los Simp­son ya son un clásico. Han sido comen­tadas en la pres­ti­giosa revista inglesa Nature, y en múlti­ples pub­li­ca­ciones de todo el mundo. Sin pre­tender ago­tar el tema, pre­sen­ta­mos un trío de capí­tu­los, cada uno con un con­tacto cien­tí­fico destacable.

1. LA VOZ AGUDA.

En “La última car­ca­jada de Bob Patiño” el vil­lano roba una bomba atómica y emite un men­saje ame­nazando con hac­erla estal­lar si no clausuran todas las emiso­ras de tele­visión. A Lisa le parece que la voz de Bob en el men­saje suena anor­mal­mente aguda. Bart tiene una teoría al respecto: cal­z­on­cil­los ajus­ta­dos. Pero su her­mana se da cuenta de que eso indica dónde puede estar escon­dido Bob: den­tro de un diri­gi­ble lleno de helio.

Aunque la res­olu­ción del capí­tulo es irreal (nadie puede sobre­vivir en una atmós­fera de helio), muchos habrán hecho el chiste de llenar la boca con el gas de un globo y luego hablar con voz finita. En cualquier caso, ¿cómo se rela­ciona el tono de la voz con el helio?

El sonido de la voz humana se debe a la vibración del aire encer­rado en la gar­ganta, como ocurre con una flauta, el tubo de un órgano y los instru­men­tos de viento en gen­eral. La fre­cuen­cia de sonido pro­ducido por esa vibración depende, en primer lugar, del tamaño de la masa de aire que vibra: cuanto más aire hay en la gar­ganta, más grave es el sonido. Por eso, en gen­eral, un adulto tiene voz más grave que un niño. Por la misma razón, una tuba suena más grave que un clarinete.

Pero la fre­cuen­cia de la voz tam­bién depende de cuál es el gas que vibra den­tro de la gar­ganta. En igual­dad de condi­ciones, cuanto menor sea la den­si­dad de ese gas, mayor será la fre­cuen­cia con que vibra, y más aguda la voz. Y el helio es el gas menos denso que existe. Por eso, una gar­ganta vibrando con helio en su inte­rior emi­tirá una voz más aguda que cuando está llena de aire.

Esta misma propiedad se men­ciona en otro capí­tulo: “El bebé de mamá”. Un fotó­grafo trata de dis­traer a Mag­gie, la bebé, llenando sus pul­mones con el gas de un globo de helio para luego hablar con voz aguda y diver­tida (o así le parece a él).

2. FUEGO A LA VERNE

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En “El auto­bús de la muerte” el ómnibus que con­duce a los alum­nos de la escuela de Spring­field sufre un acci­dente, cae al agua y los niños ter­mi­nan en una isla desierta. El capí­tulo es una par­o­dia a El señor de las moscas, la nov­ela del Pre­mio Nobel William Gold­ing, que tam­bién trata de un grupo de chicos que naufra­gan y van a parar a una isla desierta.

Esta nov­ela es cono­cida entre los físi­cos por un error que comete el autor al describir un inci­dente en el que uno de los chicos le quita los anteo­jos a otro, que es gordito, miope, cen­tro de todas las burlas y los usa como lupa para encen­der una fogata con los rayos del sol.

El inci­dente parece un hom­e­naje a las nov­e­las de Julio Verne, algunos de cuyos per­son­ajes tam­bién encen­dian fogatas con­cen­trando los rayos del sol con una lupa. Por ejem­plo, en La isla mis­te­riosa o Las aven­turas del capitán Hatteras.

El error del autor con­siste en que los anteo­jos de los miopes tienen lentes diver­gentes, que no sir­ven para con­cen­trar los rayos del sol. Si Gold­ing hubiera sabido un poco más de óptica (y suponiendo que le hubiera impor­tado el tema), habría hecho que su per­son­aje fuera hiper­métrope. Ellos usan anteo­jos con lentes con­ver­gentes, sim­i­lares a las lupas.

En “El auto­bús de la muerte” la cuestión se resuelve sin com­pli­ca­ciones ópti­cas: Nel­son le quita los anteo­jos a Mil­house, que tam­bién es miope, y sim­ple­mente gol­pea los lentes con­tra una roca para pro­ducir chis­pas y así encen­der el fuego.

3. EL NOMBRE DE LA LISA


“Para o mi perro dis­para” es ese capí­tulo en el que el perro de Los Simp­son ingresa a la acad­e­mia de policía. Todo comienza cuando la familia asiste a un fes­ti­val rural y se pierde en un laber­into de maíz. Final­mente, encuen­tran la sal­ida gra­cias a la ayuda de Lisa y a su conocimiento del algo­ritmo de Tremaux.

Este algo­ritmo existe y es, efec­ti­va­mente, un método para salir de laber­in­tos: al lle­gar a una bifur­cación, elegi­mos un camino al azar y lo mar­camos con una señal. Si volve­mos a pasar por esa bifur­cación, debe­mos tomar un camino no mar­cado (y mar­carlo, a su vez).

Si resulta que todos los caminos ya están mar­ca­dos, deber­e­mos volver sobre nue­stros pasos. El método garan­tiza que recor­rere­mos todo el laber­into y, tarde o tem­prano, encon­traremos la sal­ida. Si el laber­into no tiene sal­ida, regre­sare­mos al punto de entrada.

Este método se parece bas­tante al que trata de aplicar el pro­tag­o­nista de El nom­bre de la rosa cuando se pierde entre las salas de la bib­lioteca de la abadía: él tam­bién habla de hacer mar­cas sobre los caminos en las bifur­ca­ciones. Sin embargo, el algo­ritmo de Tremaux fue enun­ci­ado en 1832, mien­tras que la nov­ela de Umberto Eco tran­scurre en el siglo XIV.

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  1. #1 por Gira­sol - agosto 26th, 2008 a las 00:08

    Y dis­paro o no?

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(No será publicado)

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